Submitted on Jue, 03/09/2017 - 10:35

El galeón zarpó con todos los artículos de lujo que la hambrienta nobleza, en España y los virreinatos, esperaban.  El Shogún Tokegawa Yeyatsu, buscando evitar que los españoles avanzaran hacia el territorio del Japón, -el Zipango de entonces- enviaba presentes al monarca español para congraciarse.

 

Había también un enorme cajón que su destinatario, el Virrey Velasco el Joven ya no recibió.  Diez biombos tejidos de oro, tres armaduras de samurai y una carta geográfica del Japón, obsequio del Shogún, como gesto de buena voluntad.

 

Los meses que el galeón de Manila tardaba en llegar hicieron que fuera su sucesor en el cargo, el marqués de Guadalcázar, quien finalmente los recibiera.  Valiosos por su manufactura, por sus materiales, por su antigüedad, actualmente se encuentran perdidos.  Pero la llegada de un artículo tan novedoso vendría a cambiar hasta las nociones de espacio privado que existían en el imperio español hasta entonces.

 

Esta pieza de mobiliario compuesta por tres bastidores unidos por medio de bisagras o goznes, que se cierran, se abren o se despliegan llegaron a la Nueva España por primera vez por órdenes del Shogún.  Los paisajes de ensueño que representaban a Japón y su filosofía deslumbraron a cuantos los vieron y pronto comenzaron a hacerse pedidos que los sangleyes –artesanos en Filipinas de origen oriental- cumplían poco a poco, despacio en un flujo constante pero poco representativo, si se compara con otras mercancías, por su precio.  Las habitaciones privadas, sin puertas, que se estilaban en Europa en los siglos XV y XVI comenzaron a recurrir a los biombos para cerrar espacios y hacerlos más íntimos.  Una misma habitación podía utilizarse mientras el pudor de una mujer se escondía tras un biombo, si es que estaba cambiándose de ropas.  O en la sala de visitas, podía recibirse a un mensajero mientras un biombo ocultaba a los invitados que degustaban humeante chocolate servido en mancerinas.

 

El regalo del Shogún no sirvió para impedir los avances españoles e incluso tuvo que recurrir a la fuerza para evitar la invasión de su territorio.  Hubo de negociar con los holandeses, enemigos de España y Portugal, e incluso concederles derechos comerciales para tenerlos de su lado y hasta tolerar a un inglés de la fe protestante como consejero del Imperio que negociaría paz y límites con España y la Iglesia Católica.

 

El regalo del Shogún impactó la moda y la decoración de las casas novohispanas y la nobleza de la Nueva Granada y del Perú continuaron impulsando con sus pedidos una industria que pronto encontró artesanos locales que, pintando paisajes urbanos de entonces, dejaron a la Historia una rica fuente de información que nos muestra la ciudad de su tiempo, los personajes que eran dignos de representarse, las formas de vestirse, la manera de llevar a cabo un desfile y los temas bíblicos que les eran relevantes.  Por los motivos que se pintaban en sus superficies de maderas descubrimos catedrales, plazas públicas, hospitales, iglesias y conventos, acueductos, fuentes, canales, la distribución de sus calles y palacios, mercados, etc.  Y aprendemos sobre su aspecto y evolución de un siglo a otro.

 

Los biombos, exquisitos, sirvieron como un mueble que dividía espacios, cortaba corrientes de aire o suplía los caros tapices flamencos que decoraban y abrigaban los palacios de los virreinatos.

 

Símbolos del poder económico de sus propietarios, pues aquellos venidos de Asia eran, sin duda, más caros y codiciados, impresionaban a sus visitantes, formaban parte de la herencia más preciada que se legaba ante notario.

 

Ríos, volcanes, lagunas, valles, animales o frutas enmarcan y complementan los motivos principales.  Nos invitan a preguntarnos si aquellos habitantes, pintados con una expresión feliz, ideal, trabajando la tierra o vendiendo en su puesto de fruta, disfrutando una fiesta popular o una verbena, eran verdaderamente las actitudes reales, pasivas y neutrales, que el artista representaba en su particular visión del mundo.

 

 Joyas, vestidos, peinados y costumbres, todos motivos profanos que iban más allá del arte sacro, que pintaba vírgenes y Cristos, son los temas que encontramos en los biombos novohispanos.  

 

Son un balcón a la vida cotidiana de entonces y disfrutarlos en un museo nos transportan al pasado y nos invitan a formularles preguntas infinitamente.  

 

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