Submitted on Jue, 03/09/2017 - 10:40

Vuelvo a mis hermosas, limpias, ordenadas y calmas tierras canadienses.  La semana pasada nevó y el aire helado, puro, despierta mis sentidos.  Mi corazón salta de alegría y agradecimiento. Atrás quedó el calor tropical, las playas maravillosas y un montón de aventuras.

 

El trayecto me sirve para aterrizar todo lo que he aprendido en esta jornada. Mi viaje iba buscando el jade de las máscaras que llegaron a  mi patria antes de la Conquista y que durmieron siglos en entierro C o tumba 1.  El oro puro que orfebres ancestrales trabajaron iba también en mi lista.  Aderezo de sus mandatarios, todo esto salió de esta tierra, junto con plumas de aves de sus selvas…  y bajo tierra quedó tras sus funerales.

 

Y sí, encontré todo esto y más. Mucho más. Encontré reflexión en la devastación y tuve que volver a las descripciones prehispánicas para tratar de comprender en qué punto fallamos.

 

Cuentan las historias de los cronistas españoles que al avanzar al sur sobre la capital azteca, ninguna otra de las otras urbes que sometieron en América tenía tales conocimientos de Botánica, Biología, Medicina y Herbolaria.  Los Totocalli    –casa de las aves y de las fieras- de Moctezuma y de muchos otros tlatoanis –Señores Gobernantes- del México prehispánico tenían ejemplares de todas las especies animales y de aves existentes en su reino, que llegaba hasta Nicaragua –Nican Anahuac, hasta aquí llega el reino de Anáhuac-.  Papagayos, colibríes, quetzales y mil pájaros más ofrendaban sus plumas para los trabajos de arte plumaria o suntuaria, de penachos y vestidos.  Las plantas, opiáceas o alucinógenas, junto con miles de insectos colaboraban en la elaboración de remedios medicinales y en el Totocalli se alojaba a todos: desde animales traídos de los confines, en un organizado flujo de especímenes, para practicar con ellos sacrificios religiosos hasta todo género de flores que aderezaban los suntuosos jardines que daban paz y sosiego a sus gobernantes, rodeados de estanques de peces, manantiales y acequias, con figuras talladas de los dioses protectores del agua y la naturaleza.

Estos paraísos daban prestigio, grandeza y dignidad.  Surtían de perfumes embriagadores –copal-, ramas olorosas y árboles y arbustos frutales.  Las aves se mantenían para tomar sus plumas periódicamente, con las que se hacían mantas, tapices, rodelas, en los que se utilizaba oro y plata. Hernán Cortés, el Conquistador, relata en una de sus cartas que Moctezuma tenía miradores en estos jardines para contemplar el espectáculo multicolor de flores y animales.  A orillas del lago, allá en tierra firme, los bosques que hoy rodean la capital fueron plantados, cuidados y ampliados por los reyes aztecas.  En qué momento nos convertimos en depredadores de esta naturaleza que por siglos cuidamos con devoción?

 

Cortés detalla la belleza de los jardines al consumar la conquista …”y aunque a mí me pesó mucho de ello, porque a ellos les pesaba mucho más, determiné que los quemaran”.


La destrucción comenzó con la conquista y ya nada fue igual.  Después de las matanzas y epidemias iniciales, el poblamiento se reinició bajo otros valores y alimentar a un número cada vez mayor de seres humanos requirió devastar proporcionalmente extensiones de bosque y selva para la agricultura.  Los ecosistemas continuaron sufriendo la aniquilación o el desplazamiento.  Irreversiblemente.

 

Temo caer en el cliché que a diario oímos sobre el cambio climático, lo que hemos hecho con la naturaleza y la responsabilidad que tenemos para resarcirle el daño.  Reflexiono: de México hacia el sur, ¡cuánto nos parecemos!  Nuestros países conquistados fueron saqueados de todos estos recursos y a ello se sumó la devastación que los locales continuamos.  La herida que infligimos a la naturaleza ha sido tan profunda que tenemos inviernos tropicales donde antes había frío, tornados, nevadas y una confusión climática espantosa.  A la conciencia de cuidar la naturaleza, de hace apenas un par de décadas, le tomará siglos revertir tanto daño.  Nuestros gobiernos no tienen para cuándo hacer un esfuerzo más serio. Y mientras tanto, particulares, Quijotes soñadores, van estableciendo con sus ahorros santuarios como el de los perezosos, iniciado por Judy Avery (slothsanctuary.com) o el de papagayos de Rodolfo Orozco (santuariolapas.com)

 

Nuestras culturas ancestrales vieron con veneración a la naturaleza, la deificaron y le hicieron ofrendas.  La conquista constituyó una ruptura y más que buscar culpables, nuestras manos puestas en la obra, al menos ahora individualmente, serán la única solución posible. Tu donativo salva a estas especies, les da abrigo y procura su reproducción.  Por favor visita sus websites o búscalos en Facebook y dona.  Está en ti; dona, por favor. Por ti, por mí, por todos. 

 

Te espero siempre en coser y canta