Submitted on Mié, 03/08/2017 - 14:29

Me dice que después de todos estos años, su mami está en el hospital. Que el pronóstico no es nada bueno.  Y se le llenan los ojos de lágrimas.  Mientras lucho porque mi voz no se quiebre para que me deje explicarle, le digo que necesita llorar, más, mucho, porque si ya llevan tanto tiempo preparándose para lo inevitable y éste sí es el aviso definitivo, quizá convenga hacer como hacemos en nuestros países.  Llorar juntos al velar el cuerpo, llorarlo un par de días, tendido asépticamente, para que todos se despidan, -nos despidamos-, para que reflexionemos juntos en la imposibilidad de detener un hecho natural como la muerte.  Para abrazarnos y asegurarnos que vamos a estar bien todos, que es con estas noticias cuando nos sabemos mortales. Totalmente.
 
Lo que ya no le sugiero es que después tal vez elijan, como en la tradición católica, que recemos juntos una serie de nueve rosarios, nueve como meses en el vientre materno, pues en el rezo de cada día se repiten una serie de jaculatorias que consuelan -"el descanso eterno le concedas, Señor, y brille la luz perpetua, que descanse en paz, Amén"-.  Son estas pequeñas afirmaciones que en la repetición, una y otra vez, nos ayudan a aceptar el hecho y a su vez confirman nuestra intención de encomendar  el alma de nuestro ser querido, para que llegue a buen puerto.  

Mientras me cuenta cómo ha ido avanzando el deterioro, me quedo pensando que quizá convenga llevar a cabo los rituales tal y como se usa en nuestros pueblos y rancherías, al interior, lejos de las ciudades. Tender una cruz de cal blanca que nos recuerda que al final somos polvo que se lleva el viento; llenar los jarrones de flores y encender docenas de velas que perfumen y alumbren el camino del alma que va al encuentro de los dioses.  Y como ello, rezos también, muchos, y hasta plañideras, como sé que todavía se usa en algunos lugares de España, la Madre Patria.  Mujeres que lloran y que nos incitan a imitarlas, llorando mucho, sacando todo el dolor, el espanto, la soledad y la incertidumbre de perder a nuestro ser amado, convirtiendo la pena en llanto.
 
Mis propias lágrimas, que salen a la primera provocación, saben que la pérdida es mejor compartida.  Con quienes estuvieron a su lado y la conocieron, con quienes bailaron con ella, jugaron dominós y JUEGOS DE MESA  y rieron hasta que no cabía una carcajada más en la casa.  Con quienes hicieron cientos de flores de papel y se fotografiaron a su lado, orgullosas de su obra.  En su pérdida, la mía se mira en el espejo.  Confirmo en mis pensamientos que el espíritu de esta mujer que está a punto de dejarnos es grande, luminoso, y que a ella y a su familia los llevaré en el corazón siempre.  Su paso por mi vida afianzó mis primeros pasos en este país y algunas semejanzas en nuestras historias hicieron mucho más llevadera mi transición.
 
Cuando vuelvo a escucharla, limito mi breve plática a mencionar la Tanatología y cómo ayuda a procesar las pérdidas, pero ya no alcanzo a contarle de sus etapas.  Ante la muerte y el trance del duelo pasamos por la negación -"esto no me puede estar pasando a mí"-, la ira -"no es justo"-, la negociación -"déjame o déjale vivir un poco, al menos hasta que..", la depresión -"nada tiene sentido sin esta personal"- hasta que  finalmente como un bálsamo alcanzamos la ansiada aceptación.
 
Sentir tan cerca la muerte de un ser querido en este nuevo país es algo que de ninguna manera venía en el Manual del Inmigrante, cuyas páginas, mayormente en blanco, me entregaron cuando llegué aquí.  Suspiro y ruego a los cielos porque esta familia encuentre la última etapa prontamente, pero no antes ni después de cuando tenga que ser. Así sea. Escríbeme! Te espero siempre en coserycantarbc@gmail.com